El hombre al que la muerte despreció
Por: Juan Mazondo A.
La anécdota. Cap. 9
Aquella mañana había estado lloviendo, sin embargo la tarde era soleada y sin rastro de lluvia, Jorge Amorena y sus padres se encontraban en las hacienda de Don Enrique Camacho, este y su esposa habían accedido a recibirles a petición de los padres de Jorge, quienes solo les dijeron que se trataba de su asunto importante. Doña Teresa les había servido unas botanitas de carnes frías y quesos, dejando la botella de coñac, para que Don Enrique lo sirviera.
-Bueno Don Pedro- Dijo el Sr. Enrique levantando su copa –Es un honor tenerles a usted a su gentil esposa y a su hijo, en este su humilde hogar, así que digamos salud, para que no sea esta la última vez que tengamos el placer de verlos por aquí.
-Brindo por ello Don Enrique, y si mi misión tiene la fortuna de contar con su aprobación, espero que los lazos entre nuestras familias se verán altamente reforzadas.
-Pues usted dirá en que puedo servirles.
-¿No sé si usted sepa, que aquí mi muchacho, se encuentra estudiando en la capital?
-Eso he escuchado. Así como que es un buen muchacho, por lo cual le felicito.
-Le agradezco que le tenga en ese concepto, pues tal vez eso facilitara las cosas.
De pronto el rostro de Don Enrique se ensombreció, y dijo – ¿A qué cosas se refiere?
-A que, aquí mi hijo, se ha enamorado en la capital y dado…
-¡Un momento!, si es lo que me estoy imaginando, le ruego que no siga usted, yo solo tengo una palabra y esta ya fue dada al señor Andrés Pacheco. Así que si se trata de la ingrata de mí hija, ésta tendrá que cumplir la palabra que yo he empeñado. Por lo que si ustedes saben donde se encuentra su obligación es decírmelo.
-Por qué no se toma usted un tiempo para pensarlo, después de todo se trata de la felicidad de los muchachos.
-No tengo nada que pensar, mi decisión está tomada hace ya mucho tiempo. Así que si saben dónde está les conmino para que me lo digan.
Fue entonces que poniéndose de pie, Jorge se dirigió a sus padres. –Papa, mama, ¿serian tan amables de llevar con Lucita a Doña Tere, mientras hablo a solas con Don Enrique?
-Yo no tengo nada que hablar con usted jovencito.
-Pero yo si con usted, por lo que le ruego me conceda un minuto de su tiempo, después podrá proceder como usted quiera.
-Muy bien, tiene usted un minuto- Dijo el Señor Enrique sacando su reloj de bolsillo.-Y su tiempo, ya está corriendo.
Jorge espero que todos los demás abandonaran la habitación, y entonces entrego a don Enrique un sobre. –Su palabra es muy respetable cuando se trata de usted, pero en este caso, se trata de la palabra de su hija y esa me fue dada a mí. Ahora, tiene usted mi palabra, de que si acepta que nos casemos, lo que está viendo, para mí no ha existido.
La cara de Enrique Camacho se cogestiono del coraje. -¿Qué es esto, un chantaje?
-¿Eso piensa? Yo lo que creo, es que todo sería mucho más fácil, si usted decidiera ser un padre afectuoso, que todo lo que desea es la felicidad de su hija.
Por un tiempo nadie dijo nada mas, los dos hombres se miraban directamente a los ojos, sin que ninguno rehuyera la vista del otro. La mirada de Jorge parecía decir, vamos acepta con gracia tu derrota. La de Enrique en cambio, ofrecía la promesa de que el día propicio, se vengaría.
La puerta de la habitación se abrió, y Lucita aprecio en ella, flanqueada por sus futuros suegros y su madre, en los ojos de madre e hija se podía ver un miedo casi animal.
-Antes que nada- Dijo Jorge –Sr. Y Sra. Camacho, permítanme a nombre de ustedes mismos, así como de mis padres, ofrecerles la primera invitación a nuestra boda.- Tendió a la Sra. Tere un gran sobre, que esta, en forma automática se puso a abrir, de pronto al sacar la invitación, esta se convirtió en un bello bouquet floral, en cuyo centro se encontraba la invitación, en pergamino escrito con letras de oro.
La exclamación de asombro fue general, lo que permitió al padre de Lucha decir.
-Pedido de esta manera, creo que no me queda de otra más que dar mi brazo a torcer.
El abrazo con que Luchita se lanzo a los brazos de su padre, así como los besos y las gracias más sentidas, salieron del fondo de su corazón, y de su felicidad.
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